LA CIUDAD VIENE CON MANUAL DE INSTRUCCIONES: EL SKATE NO LO LEYÓ
Por Manuel M. Gonzalez T. Psicólogo y Skater
Fotos: Luis Guzmán

La ciudad no es algo terminado. No es un objeto cerrado ni una maqueta perfecta. Es un organismo vivo, en movimiento constante, que se transforma y toma nuevas formas según cómo lo habitamos. Aunque muchas veces se nos presente como algo fijo —calles, veredas, bancos, escaleras—, la ciudad se reconfigura a partir de las prácticas que suceden en ella. Cambia porque nosotros cambiamos, porque los cuerpos que la recorren la usan, la tensionan y la reinterpretan.

No es solo cemento y arquitectura: es un escenario donde se cruzan historias, hábitos, conflictos y encuentros. Es en ese cruce donde aparece el skateboarding. La ciudad viene con un diseño claro y un uso previsto: veredas para peatones, calles para autos, bicisendas para bicicletas, plazas para sentarse, descansar o mirar pasar gente. Bancos para sentarse, barandas para separar, escaleras para subir y bajar. Todo parece estar en su lugar, hasta que el skate, desde su origen, llega a desordenar esa lógica. No porque busque el caos, sino porque lee la ciudad de otra manera.
Donde hay un banco, el skater ve un borde. Donde hay una baranda, ve una posibilidad de deslizamiento. Donde hay una escalera, aparece una línea. Esa lectura alternativa transforma objetos cotidianos en oportunidades de movimiento y, al mismo tiempo, abre un conflicto. El skater está en diálogo constante con el resto de los ciudadanos, un diálogo que no siempre es armónico. Patinar implica interferir —a veces de manera evidente— en las dinámicas habituales del espacio público: plazas, veredas, entradas de estacionamientos, edificios, fábricas, cualquier elemento urbano que se cruce en el camino y pueda ser usado como obstáculo.

“LA CIUDAD NO ES FIJA: SE TRANSFORMA SEGÚN LA HABITAMOS”


El ruido, la velocidad, la repetición y la ocupación del espacio generan fricción. Y esa fricción no es sólo física, es social. En la vida urbana convivimos a diario con reglas implícitas de comportamiento que ordenan encuentros casi siempre azarosos. El skateboarding, desde su génesis, vino a romper —o al menos a tensionar— esos acuerdos no escritos. No porque no conozca las reglas, sino porque no las acepta como únicas.
El cuerpo aparece entonces como herramienta de negociación. La ciudad no es solo un espacio físico, también es simbólico: en ella se negocian usos, permisos y límites. En el skate, esa negociación se hace con el cuerpo. Patinar es ponerlo en juego: peso, equilibrio, velocidad, caída. El skater aprende la ciudad a través de la experiencia directa, no desde el plano ni desde el diseño, sino desde el golpe, el ruido de la tabla contra el mármol, la vibración del piso y la textura del cemento. En este sentido, la ciudad se aprende patinándola.
En el skateboarding, la tabla no es el único elemento fundamental. A diferencia de otras prácticas deportivas, donde el entorno funciona como escenario, en el skate la ciudad es parte del equipo. Bancos, barandas, muros, escaleras, bordes y desniveles se vuelven objetos, herramientas, aparatos. El skate no se practica en la ciudad, se practica con la ciudad.

“EL SKATE NO ROMPE LAS REGLAS: DEMUESTRA QUE NO SON LAS ÚNICAS”

Cada nuevo spot propone un desafío distinto. Cada ciudad abre otras posibilidades. La arquitectura deja de ser fondo y se convierte en protagonista. Ya no se trata solo de hacer girar una tabla bajo los pies, sino de subirse, deslizarse, saltar y caer sobre elementos urbanos que no fueron pensados para eso. Es esa relación la que empuja el progreso dentro de la práctica y la que mantiene al street como núcleo simbólico de la cultura skate.
Entonces aparece la pregunta: ¿Cómo ve el skater la ciudad? La respuesta es simple y contundente: como un super skatepark. Un skatepark infinito, cambiante e impredecible. Incluso cuando existen espacios especialmente diseñados para patinar, el street sigue ocupando un lugar central en la cabeza del skater, no como negación del parque, sino como motor cultural.
No es casual que la gran mayoría de los videos, desde los inicios del skate hasta hoy, estén filmados en spots urbanos. Ciudades distintas, arquitecturas distintas, niveles de dificultad distintos. El street es el lenguaje común. Para el skater, la ciudad es también memoria: cada lugar guarda intentos fallidos, trucos bajados, encuentros, expulsiones y regresos. Los grupos dibujan su historia en el suelo y, en ese trazado, se construye una identidad colectiva.
La repetición transforma el espacio. Volver una y otra vez al mismo spot cambia la manera de habitarlo. El tiempo urbano deja de ser solo tránsito y se vuelve experiencia. Desde esta mirada, la ciudad deja de ser un lugar por el que se pasa y se convierte en gimnasio, parque, laboratorio y escenario. El skate resignifica el espacio público y expone algo fundamental: la ciudad no es solo lo que fue planificada para ser, sino también lo que sus habitantes hacen con ella.
Por eso es imposible entender el skate sin la ciudad. Y es imposible mirar la ciudad igual después de patinarla.
La ciudad seguirá ofreciendo instrucciones claras, usos previstos y recorridos ordenados. El skate, probablemente, seguirá sin leer ese manual. Porque la calle no es solo su origen: es su idioma. Ahí se aprende, se cae y se vuelve a intentar. Y mientras la ciudad siga en movimiento, siempre habrá alguien leyéndola a su manera, arriba de una tabla.


